martes, 15 de noviembre de 2011

En diez años de panismo les concesionaron 52 millones de hectáreas

El territorio cedido por el blanquiazul equivale al que la dictadura de Porfirio Díaz arrebató a los pueblos originarios para entregarlos a los terratenientes entre 1883 y 1906

Transcurridos cinco siglos de saqueo minero permanente, la otrora Nueva España mantiene su condición de “cuerno de la abundancia”, como la describió Alexander von Humboldt a principios del siglo XIX. Sin embargo, el ilustre geógrafo y explorador alemán no reparó ni previó que tal riqueza nunca sería aprovechada en beneficio de sus propietarios originales ni para desarrollar a la que en breve se convertiría en una nueva nación independiente, México, por estar acaparada, primero, por los conquistadores y su secuela colonial; poco más adelante, ya sin la participación de la Corona española, por un puñado de inversionistas extranjeros, ingleses la mayoría de ellos, que retomaron la depredación; por capitalistas estadunidenses, que hicieron lo propio emulando las prácticas coloniales, aunque con técnicas “modernas”, y más tarde por un selecto grupo de empresarios mexicanos y foráneos, a los cuales sólo momentáneamente –un parpadeo histórico– se les impidió, por la intervención del Estado en los años 70, satisfacer su ambición con los bienes nacionales, antes de que el neoliberalismo del siglo XX y XXI de nueva cuenta les sirviera, en charola de oro y plata, la riqueza minera nacional.




A pesar de ello, la tierra mexicana sigue dando esos frutos, prohibidos a sus dueños originales, y refrenda su condición de “cuerno de la abundancia”, aunque también de nación permanentemente saqueada con la misma voracidad, concentración de la riqueza y prácticas de explotación de la mano de obra que las padecidas 500 años atrás, aunque ahora en nombre de la “modernidad” y con la venia de gobiernos “democráticos”.




Tanto oro y tanta plata, por sólo citar estos metales preciosos, ha dado históricamente este riquísimo territorio, que resultan invaluables, en todos los sentidos, las cerca de mil 700 toneladas del primero y las más de 230 mil toneladas de la segunda que a lo largo de cinco siglos se han extraído de este “cuerno de la abundancia”, según documenta la estadística histórica del Inegi.

Tanto ha dado, y sigue dando esta tierra, que sólo en la primera década del siglo XXI, con dos gobiernos panistas (2001-2010), un pequeño grupo de empresas mexicanas y extranjeras –con las canadienses a la cabeza– extrajeron el doble de oro y la mitad de la plata que la Corona española atesoró en 300 años de conquista y coloniaje, de 1521 a 1821, en lo que hoy es México, de acuerdo con la citada estadística.

En esa década panista, con Fox y Calderón en Los Pinos, los corporativos mineros obtuvieron 380 toneladas de oro y 28 mil 274 toneladas de plata de las minas mexicanas, contra 182 y 53 mil 500 toneladas, respectivamente, en los tres siglos citados. Ello, sin olvidar que 20 años atrás las invaluables reservas nacionales de cobre se entregaron a una sola empresa, Grupo México, cuyo dueño, Germán Larrea (el segundo hombre más rico del país), ni siquiera hizo el intento de rescatar los cuerpos de los 63 mineros que, cinco años después de la explosión, se mantienen bajo cientos de toneladas de tierra en la mina Pasta de Conchos, Coahuila.

Sorprende la inagotable riqueza de esta tierra, pero no el resultado de los empresarios mineros, porque ese grupo de voraces capitalistas que se beneficia con los bienes nacionales alcanzó tales volúmenes de producción y utilidades no sólo por el uso de modernas técnicas de extracción sino, especialmente, por el vastísimo territorio que los gobiernos panistas les entregaron, y lo siguen haciendo, en forma de miles de concesiones mineras (50 años de vigencia, renovables), las cuales, en dicho periodo, amparan alrededor de 52 millones de hectáreas, equivalentes a 26 por ciento del territorio nacional (según información de la Dirección General de Minas, citada en el libro El mineral o la vida, la legislación minera en México, de Francisco López Bárcenas y Mayra Montserrat Eslava Galicia, editado el pasado abril por la UAM)



sa vastísima riqueza concedida a los consorcios mineros privados no acaba allí, pues se adereza con generosas exenciones fiscales, autoridades serviciales, leyes laxas e incumplidas, complicidad del poder político y judicial, daño ecológico, persecución sindical, outsourcing, inseguridad e insalubridad para los trabajadores, y miserable explotación de la mano de obra, entre otras gracias, como en los mejores tiempos de la Colonia.

Así, las cerca 52 millones de hectáreas de territorio nacional que, en una sola década, entregaron los gobiernos de Fox y Calderón al gran capital minero que opera en el país, son equiparables a las 50 millones de hectáreas que las compañías deslindadoras arrebataron a los pueblos originarios para entregárselas a los terratenientes nacionales y extranjeros entre 1883 y 1906, durante la dictadura de Porfirio Díaz.

De ese tamaño es la riqueza minera, y de ese tamaño, también, el saqueo de la nación. Presume la patronal Cámara Minera de México que “a lo largo de nuestra historia, las producciones de oro, plata, plomo, zinc, molibdeno, fierro, manganeso, fluorita dolomita, caolín, fosforita y sulfato de sodio nunca habían sido tan sobresalientes como en 2010”. Todo ello sin beneficio para la nación, salvo –si en el extremo del cinismo se puede calificar así– el “pago de derechos” que las beneficiarias de las concesiones cubren: de 5 a 111 pesos por hectárea. Tras cinco siglos de saqueo permanente, México se mantiene como el “cuerno de la abundancia” que asombró a Humboldt, al igual que su riqueza concentrada en unas cuantas manos

http://www.jornada.unam.mx/2011/11/14/min-oro.html